
Ir, volver, ir, volver...
No puedo comportarme como una veleta, cambiando de opinión cada mañana, según el pie con el que me levante.
¿Y por qué no? Uno de los encantos de la vida es el libre albedrío y el no tener que sentirnos atados a nada, aunque sea una idea. Pero en ciertas decisiones no es conveniente, no nos hace nada bien no tener un rumbo fijo.
Necesito saber quién soy, qué es lo que quiero y, lo que es más importante, por qué lo quiero...
